Ensayos

Wagner y el techno



23 de octubre de 2026

En muchos casos, el estilo de vida de grandes celebridades del ámbito cultural resulta indivisible de su legado creativo. Se potencia mucho la teoría de ese concepto dual del artista-genio. No siempre se cumple, pero, retorciendo esa idea, quizás obedezca a fomentar esa poética de la tragedia del creador arrinconado e incomprendido.

En el caso de Richard Wagner, su estilo de vida, por momentos excéntrico, le hizo sufrir situaciones de dificultad financiera, viéndose abocado a recurrir a benefactores —como fue el caso del comerciante Otto Wesendonck y su refinada mujer— para financiar lo que en el futuro sería un legado musical sin parangón. Se dice que su extravagancia era tal que requería vivir en espacios con una sobrecarga decorativa muy opulenta, posiblemente propia del carácter del compositor. A diferencia de su coetáneo Giuseppe Verdi, su némesis, que se sentía identificado, como bien refleja su herencia artística, con una visión más cercana al pueblo y a lo cotidiano, Wagner poseía un carácter más elitista.

A lo largo de la historia de las ciencias humanísticas, tal y como podemos denominarlas desde el siglo XVIII, ha existido una concepción y una voluntad de buscar la justificación y los motivos de ciertas cualidades vinculadas a lo sensible, que terminan representándose por medio de un concepto tan universal como es el arte. Desde lo que se ha denominado el Antiguo Régimen, las disciplinas asociadas a las artes liberales se han constituido como entes diferenciadores, como una serie de partículas que podrían estar dentro de un átomo, pero que tienen la cualidad de ser disociadas e independientes.

La poesía, la pintura, la escultura y la literatura han requerido de la inspiración de la realidad, de la naturaleza y de lo sensible como ejercicio empírico para justificar conceptos como la belleza y el gusto. G. W. F. Hegel, en su Introducción a la estética, aborda de una forma diferenciada el tratamiento de lo sensible como vehículo de belleza por medio del espíritu. Teoriza de una forma consciente y racional sobre las limitaciones de la concepción de una obra de arte cuando esta obedece únicamente al ejercicio de mímesis de la propia naturaleza.

Pero, cuando se asimila esa diferenciación de disciplinas para llegar a lo sensible, se omite que ese átomo que las puede concentrar también puede llegar a fusionarlas. Es ahí donde interviene la figura de R. Wagner, con el denominado concepto de Gesamtkunstwerk, más conocido como la idea de la obra de arte total. Él entendía que las seis artes —música, danza, poesía, pintura, escultura y arquitectura— generarían lo que hoy podríamos conocer como una auténtica experiencia estética. El carácter ambiental de sus obras queda ejemplificado en la construcción del teatro de Bayreuth, diseñado y configurado estrictamente para la esencia de sus composiciones, donde la arquitectura formaba parte de esa maquinaria del espectáculo en la que terminarían convirtiéndose sus óperas.

Wagner entendía que la concentración de todas y cada una de las disciplinas, sin subordinarlas a banalidades, configuraba una ambientación en la que los efectos lumínicos y sonoros seducirían al espectador dentro del carácter dramático asociado a la mitología de la cultura alemana.

Con la irrupción de las vanguardias se completaría la ruptura total con el arte del pasado, con el nacimiento de esa idea cíclica y metafórica de «matar al padre». El arte, condicionado por el cambio social y por el protagonismo del artista, adquiere una autonomía de una dimensión impensable si hablamos de otras épocas. Bajo esa tutela, el arte provoca un efecto expansivo: las disciplinas se multiplican y se reinventan.

Las corrientes artísticas entran en un proceso vital de nacimiento, preponderancia y decadencia, hasta ser reemplazadas por la novedad de una escisión o, en muchos casos, por una subversión del propio artista. Por tanto, la preocupación por aglutinar todas esas disciplinas para generar un totum con el afán de doblegar al espectador ante el encanto de la obra de arte, se reduce a pequeños destellos propios de cada disciplina, ya sea la pintura, la escultura o la arquitectura.

Una de las consecuencias de la democratización de las artes y, por tanto, del papel de los artistas es la oportunidad de considerar cualquier circunstancia como una experiencia estética. La baja cultura, en contraposición a una concepción de la estética de la belleza de carácter elitista y sofisticado, implica que, fuera del ámbito del arte desde un punto de vista ortodoxo, se generen campos ajenos gracias a la revolución tecnológica. La publicidad, la moda y el diseño se han convertido en herramientas que pueden trabajar fuera del ámbito del arte, generando también esas experiencias visuales capaces de embelesar al observador.

En cualquier caso, desde comienzos del siglo XX, dentro de todo lo revolucionario que el arte ha sido capaz de ofrecernos, no se ha encontrado un aglutinamiento de disciplinas capaz de superar a la obertura de El holandés errante, en la que Wagner imitó con éxito la experiencia que tuvo al cruzar, en un barco y bajo una tormenta amenazante, el canal de la Mancha entre Inglaterra y Francia. Si algo puede asemejarse a esa vorágine, me viene a la cabeza la puesta en escena de La Fura dels Baus, compañía teatral que apuesta por la ruptura del concepto más tradicional de la escenificación, con un enfoque más performativo y pirotécnico, y que consigue un gran impacto visual gracias, en parte, a la interacción con el espectador.

Es por ello por lo que, ante estas nuevas experiencias estéticas, en la actualidad tengamos que focalizar y ampliar más el objetivo, recurriendo a otros escenarios que se han servido de cualidades asociadas al arte. Esos escenarios protagonizan la nueva espectacularidad. Hablamos de los festivales musicales que dan cabida a todo tipo de música, aunque, en la actualidad, la preponderancia hay que dársela al ámbito de la música electrónica, que engloba, entre otros géneros, el house, el techno y el trance.

Festivales como Tomorrowland, EDC Las Vegas y Ultra Music Festival se han convertido en los nuevos Gesamtkunstwerk, personificados en auténticas celebridades como Amelie Lens, Alok, Sara Landry, DJ Tiësto, nuestro querido y pionero Óscar Mulero —el Malevich de la música techno, con la autorización de los artistas sonoros y del grupo Zaj—, sin olvidarnos de la exuberante Charlotte de Witte.

Es el nuevo paradigma de la obra de arte total: contemplar una sesión de una de estas personalidades en Tomorrowland, en centros culturales dedicados a las artes performativas como The Knockdown Center o en plataformas en línea de difusión musical como Boiler Room. En estos espacios se concentran el concretismo polifónico, la pirotecnia y la teatralidad lumínica que, junto con la excitación del público gracias a la diversidad de sustancias estimulantes, transforman el espacio en un lugar de trance y de experiencia extrasensorial.

La evolución de la cultura de masas tan solo nos demuestra que esa idea megalómana de Richard Wagner, a medida que avanza el tiempo, se ha ido consolidando en esencia, porque está diseñada como una herramienta eficiente, capaz de hipnotizar al espectador y adentrarlo en una experiencia total. Por eso queda lejos aquella espiritualidad bucólica de carácter personalizado, que, de forma paulatina, está siendo reemplazada por el impacto visual del entretenimiento.