Carmen Laffón y el arte de la memoria
7 de septiembre de 2026
Existen imágenes que se quedan grabadas en la memoria colectiva porque nos muestran un suceso importante que refleja hechos históricos a consecuencia de un cambio del destino. Ahora me viene a la cabeza la famosa foto del marinero que besó en los labios a una enfermera en la plaza de Time Square de Nueva York como pistoletazo del fin de la Segunda Guerra Mundial, que a la postre sería publicada en la revista Life. En clave más cercana y nacional, no nos podemos olvidar de la icónica foto de Ramón Masats del sacerdote ejerciendo de portero, haciendo una estirada propia del guardameta del Real Madrid Thibaut Courtois y, con un carácter más sórdido, la célebre foto de “La niña y el buitre”, del fotoperiodista Kevin Carter, galardonada con el premio Pulitzer en el año 1994, y que provocó un tiempo más tarde el suicidio del fotógrafo por la presión mediática.
Los
que tenemos una relación un tanto estrecha con instituciones museísticas,
estamos muy familiarizados con una imagen muy simbólica para los amantes del
arte de la ciudad de Cuenca. Se trata de la foto inaugural del Museo de Arte
Abstracto Español en 1966, donde se puede encontrar como epicentro de la misma
y del proyecto museístico a Fernando Zóbel junto a otros artistas propios del
grupo El Paso y el Grupo de Cuenca. Hablamos de personajes como Gerardo Rueda,
Gustavo Torner, Manolo Millares, José Guerrero, Jordi Teixidor, Eduardo
Chillida, Lucio Muñoz, Eusebio Sempere, entre otros… pero prestando atención en
el centro de la imagen ser puede identificar a la galerista Juana Mordó y,
junto a ella, las jóvenes artistas Juana Francés y Carmen Laffón.
Carmen
Laffón (1934-2021), artista nacida en la capital andaluza, desarrolló toda su
trayectoria creativa entre Madrid, Sevilla y su querida Sanlúcar de Barrameda, tierra
de donde se nutre lo más prolífico de su trabajo. Laffón es un caso muy
paradigmático en relación al grupo de artistas que formaron parte del proyecto
del Museo de Arte Abstracto bajo el cobijo de Fernando Zóbel.
Es
reseñable básicamente porque la artista sevillana es un claro ejemplo de una
ambivalencia entre lo abstracto y lo simulado (figurativo), es como un balanceo
que en base a la trayectoria o ciñéndose a sus diferentes etapas artísticas,
Laffón, puede llegar a estar más cerca de la ortodoxia del arte informal que de
esas representaciones bucólicas que nos tenía acostumbrados. El vínculo que la
artista debió tener con el Grupo El Paso y por extensión el Grupo de Cuenca fue
sinónimo de algo que entraña un misterio. Solo sería razonable una analogía
desde lo puramente pictórico porque Laffón se podría considerar como una
transitoriedad básicamente por el tratamiento que hace de su pintura, es como
si fuera la antesala de la transformación matérica de lo formal a lo informal
como vehículo del conocimiento.
Con
motivo del fallecimiento de la artista en el año 2021, el Museo Thyssen
inauguró el pasado 23 de junio una exposición retrospectiva con el título de “Variaciones”, todo ello sobre gran
parte de su trayectoria creativa, donde se recorren las ciudades por las que
residió y las que marcadamente dejaron huella en la personalidad de la artista.
La
transitoriedad por la exposición se ciñe a un itinerario sobre las fases y
etapas pictóricas de Laffón, hablamos de: La
muñeca y la cuña, Los bodegones –para mí una de las más relevantes-, Los objetos, Los armarios, Paisajes urbanos
–marcada influencia de artistas coetáneos-,
El Coto, La viña, La Cal y La Sal.
Es
sabido que es necesario tener contacto presencial y directo con las cosas para
empaparte bien del contenido y de la esencia, no es suficiente indagar por
medio de los libros o internet para poder configurarte una imagen más o menos
fehaciente de lo relevante de algún suceso o de algún personaje. Esa sensación
la he podido experimentar al visitar la exposición, descubriendo que ciertas
claves de su obra requieren de una especial atención. También tengo que decir que
al entrar a una de las primeras salas la luminancia del espacio por momentos me
parecía excesiva, como si te encontraras en la Villa Savoye de Le Corbusier, donde la incidencia de la luz en el
interior la hacía inhabitable. Bien es cierto que Carmen Laffón se distinguía
por esa vigorosidad lumínica en sus obras, con solo contemplar las que se
concentran en la etapa de “La sal y La cal” es fácil corroborarlo.
Pero
lo notable de la totalidad de la obra de Laffón es esa técnica ya depurada con
el paso del tiempo, esa idea del desgaste de la pintura, esa representación
desvaída de la misma, con un carácter
parecido al trabajo primigenio de Antonio López –por cierto el más interesante
de su trayectoria-, que hace de Carmen una artista misteriosa y opaca. Las
superficies y las imágenes que evocan una especie de sfummato e invitan a
generar una analogía sobre el paso del tiempo y la memoria. Es como si Laffón estuviera
obsesionada por lo perecedero de las cosas, proyectando una imagen de su obra
como un ejercicio de degradación cromática, propia de la naturaleza de la
fotografía.
Por
eso se observan en cada una de las obras, y con más ahínco en los bodegones,
ese ejercicio de deconstrucción. Porque Laffón no construye una pintura, sino que
la desgrana, ya que da la sensación que para pintar utiliza un bisturí en vez
de un pincel para ir desgarrando el lienzo, para así ir descubriendo la
información que te pueden facilitar las capas de la superficie y conseguir esa
realidad nebulosa y tamizada como paradigma de esa mirada indescifrable que
tiene la artista al contemplar la realidad.
Durante
el recorrido de la exposición, hay aspectos muy reseñables que identifican muy
acertadamente ciertas influencias de una forma consciente o inconsciente que Carmen
ha podido tener; en el caso de la sección de “Los bodegones”, en algunas de las obras se percibe que el interés
por el espacio y la perspectiva no era algo que a Laffón le llegara a preocupar
en exceso. Observando algunas de ellas, no se puede evitar asociar la escena
con la célebre obra de “La habitación
roja” de Henri Matisse, donde premeditadamente los objetos están ubicados
en el cuadro de una forma aleatoria.
En
relación a los “Paisajes urbanos” es
la fase que argumenta y da sentido a la fotografía en la que Carmen Laffón
comparte con artistas como José Guerrero o Manolo Millares, entre otros, en la
antes citada inauguración del Museo de Arte Abstracto de Cuenca. En esta
sección es reseñable identificar que tanto la obra “El Coto desde Sanlúcar I” como “El
Coto desde Sanlúcar XII”, nos evoca descaradamente la obra de “Los nenúfares” de Monet y la segunda como
una obra abiertamente Rothkiana, con esas texturas sobadas y rojizas flagrantemente
abstractas, donde se intensifica el interés que Carmen tiene por el paisaje, ya
que le evoca, gracias al tratamiento de la pintura, un espacio con un cierto
lirismo bucólico y se define el comportamiento depurado de la forma.
En
la sección de “Los armarios”, se puede decir descaradamente que nos encontramos
con la parte más conceptual de la artista, donde se potencia esa idea de lo
enigmático, oculto y críptico. En todas las obras se representa un simple y
austero armario y en la mayor parte de ellos están las puertas cerradas o
ligeramente entornadas. ¿Qué pretende Laffón?, ¿qué oculta al espectador?, ¿tanto
valor tiene el contenido? Es ahí donde ejemplifica lo onírico de las escenas,
es lo metafórico de lo reservado e intrínseco, es ese sueño sombrío que no se
recuerda con nitidez y siempre quedará sepultado en el silencio de la artista.
Por
último, en las secciones de “La cal” y La
Sal”, Carmen Laffón ejercita esa idea de exaltación de lo cotidiano, de la
tradición de nuestros pueblos, presentándolo con un carácter magnánimo, donde
en cada una de las obras consigue una reafirmación de la pureza del blanco que
se da en tanto en la cal como en la sal, confirmando que son elementos
inherentes a la naturaleza de nuestra cultura.
En
todas las etapas que se desarrollan en la muestra existen elementos que
ejemplifican que nos hablan de la memoria, del paso del tiempo, mediante el
desgaste de la materia. Carmen le da carácter de género pictórico a lo
perecedero, porque le sirve como exaltación de lo profundo que nunca será
desvelado. Es como si Laffón estuviera preocupada por dejar constancia del
recuerdo, representándolo como algo indefinido y confuso, como si entendiera
que es la única forma de acercase a la sutileza de la naturaleza, mostrando de
una forma ambigua su sensibilidad con el mundo, siendo celosa de su privacidad donde
nunca terminará por enseñarnos realmente la esencia de su secreto y donde paradójicamente
el espectador termina por abandonar ese recorrido lumínico con el enigma sin
resolver.
